Última cursa de toros a la Monumental de Barcelona

Sembla que la d’avui serà l’última cursa de toros a Catalunya, en aplicació de la llei de protecció dels animals que va aprovar el Parlament de Catalunya. És un dia feliç, de normalitat democràtica i de progrés social. Amb aquest motiu em permeto reproduir la meva intervenció en el Ple del Senat del 6 d’octubre de 2010, per rebutjar una moció del PP, defensada, cosa gens habitual, pel seu portaveu Pio García Escudero, a favor de declarar la “fiesta” dels toros bé d’interès cultural, amb la finalitat d’incloure-la en el llistat de l’UNESCO del patrimoni cultural immaterial mundial. Cal tenir en compte, que els protaurins i els contraris a l’autonomia de Catalunya, tornaran a intentar deixar sense efecte la decisió del Parlament de Catalunya durant la propera legislatura espanyola, particularment si el partit majoritari és el PP.

DEBAT SOBRE LES CURSES DE BRAUS AL SENAT EL 6 D’OCTUBRE DE 2010

El señor BOFILL ABELLÓ: (El señor senador comienza su intervención en catalán, que se reproduce según el texto que facilita a la Redacción del Diario de Sesiones.) «Gràcies president. Avui seria un dels dies en què clarament m’aniria bé parlar en català per expressar-me millor. Haurem d’esperar al mes de gener.»
Hoy el PP trae a debate una moción para proteger las corridas de toros como bien cultural. Si lo que quieren es hablar del escenario, de las luces, de la figura del torero, de la plasticidad de la imagen, del ambiente, del lenguaje, de la historia, de la literatura o de la pintura que se ha desarrollado en torno a la corrida o de los animales de las dehesas, no hay problema. Unas cosas nos gustarán más y otras menos, pero es evidente que estamos hablando de unas manifestaciones culturales y de cómo se pueden conservar.

Lo que obvia la moción del Grupo Popular es el argumento principal de la obra: la tortura, la agonía y la muerte del toro. Más allá de las luces y los oropeles que adornan la corrida, es también, y sobre todo, una escenificación espectacular de la tortura y la ejecución pública de una

serie de toros, y la exaltación pública de la muerte y la sangre derramada quizá fue cultura, pero para muchos ya no lo es.

La sensibilidad moderna, la que se expande por Europa con la Ilustración, junto con unos valores universales, es incompatible con la cultura de la violencia gratuita, aunque algunas de sus manifestaciones produzcan imágenes de gran plasticidad y por más que algunos artistas se hayan encandilado con ellas. Más allá del mito, lo que hace un toro por naturaleza es pacer e ir con las vacas. Para la corrida se necesita seleccionar a los ejemplares de comportamiento más arisco; se les aísla, se les maltrata ya antes de la corrida. En el túnel de salida al ruedo ya le clavan una divisa en el lomo; se le encierra en la plaza, sin escapatoria posible. Ante la provocación del matador con el capote, atacará porque se siente atrapado. (Rumores.)
El señor PRESIDENTE: Silencio, señorías.

El señor BOFILL ABELLÓ: El picador a caballo le clavará dos veces la pica, que le destrozará alguno de los principales músculos del lomo y del cuello, y le abrirá grandes heridas. Encima de esas heridas, le clavarán las banderillas, arpones que durante toda la corrida le irán desgarrando la carne y debilitando, mientras las heridas abiertas sangran. Los pases y movimientos que con engaño le provoca el torero no harán más que aumentar su sufrimiento. Luego, el matador le clava una espada de doble filo de unos 80 centímetros con la intención de tocarle algún órgano interno como el hígado, los pulmones, el estómago, la pleura, el corazón o el bazo, y lo consigue, y si no, los ayudantes con sus capas fuerzan al toro a girar -a derecha e izquierda- con el estoque clavado; una imagen de gran plasticidad que esconde la carnicería que provoca dentro del cuerpo del toro la espada con su doble filo, que va segando a cada movimiento sus órganos vitales. El toro cae agonizante, vomita sangre, puede que muera ahogado en su propia sangre que le ha inundado los pulmones, pero puede que no muera bastante rápido y aún le falten algunos detalles de la tortura propios del ritual de la corrida como son el descabello, y, llegado el caso, el corte de las dos orejas y el rabo. Todo esto pasa en quince o veinte minutos. El cuerpo del toro inerte, ensangrentado finalmente es arrastrado fuera del ruedo, y a por otro, la corrida continúa.

Quizálos toros no tengan nuestros referentes culturales y nuestra imaginación a la hora de sufrir, pero su sistema nervioso les hace tan sensibles al dolor como cualquier mamífero -como nosotros-. Todas las pruebas científicas lo corroboran. El estrés y el dolor que ha sufrido el toro nos lo podemos imaginar fácilmente. También es esto la corrida.

Más allá de la liturgia de un combate simulado, en la corrida asistimos al martirio y la ejecución pública de un animal. ¿Es esto un bien o un mal? ¿Podemos declararlo bien de interés cultural? Nosotros, y muchos ciudadanos, independientemente de nuestra nacionalidad y de nuestra adscripción política, decimos que no, que, en todo caso, en nuestro nombre, no. Porque la cuestión de fondo es si nuestra cultura, nuestra condición de seres humanos nos permite hacer cualquier cosa sin límites a los otros seres vivos y, en primer lugar, a esos mamíferos que criamos. Está claro que no, que hay unos valores que limitan nuestra arbitrariedad, y esos valores han variado.

A medida que ha crecido nuestro conocimiento y nuestra capacidad de transformar el mundo, ha aumentado nuestra responsabilidad. ¿Qué les voy a contar? Lo saben perfectamente también los que organizan las corridas, que desde hace años protegen a los caballos de los picadores, que antes eran a menudo reventados por los cuernos de los toros y acababan tendidos en la arena con las tripas fuera. Algún motivo ético que compartimos subyace en ese cambio, y está en el trasfondo del artículo 337 del Código penal que castiga con la prisión a aquel que maltrate injustificadamente un animal doméstico o amansado, causándole la muerte o lesiones que menoscaben gravemente su salud. ¿Por qué lo que vale para perros y gatos o caballos no ha de valer para los toros? Algunos intentan plantear en términos nacionalistas identitarios el debate, pero se equivocan: el maltrato a los animales, y a los toros en particular, era general en Europa en el siglo XVIII. Las corridas de toros con matices eran tan catalanas como españolas durante el siglo XIX y principios del XX. Es cierto que el franquismo quiso hacer de ellas un símbolo de españolidad invasora que contribuyó a que a muchos catalanes se nos hiciera… (Rumores.) Sí, señores, sí.

El señor PRESIDENTE: Silencio.

El señor BOFILL ABELLÓ: Parece que ustedes quieren rescatar ese espíritu, y se equivocan. (Rumores.)
El señor PRESIDENTE: Silencio.

El señor BOFILL ABELLÓ: A nosotros nos ofendían cada tarde -a las cinco- cuando eramos niños con sus corridas, porque no soportábamos esa visión. (Protestas.)
Sí, señores, y asociamos… (Protestas.)
El señor PRESIDENTE: Silencio, por favor.

El señor BOFILL ABELLÓ: … muchas cosas negativas a eso. (Rumores.)
El señor PRESIDENTE: Silencio. (Rumores.)
Silencio, señorías.

El señor BOFILL ABELLÓ: Lo fundamental es que desde la Ilustración en Europa se ha producido un progreso fundamental en la consideración del trato de los animales, porque somos muchos, incluso votantes del Partido Popular, los que nos sentimos ofendidos en nuestra dignidad humana cuando se maltrata a un animal de forma gratuita. (Rumores.)
Sí, señor, (Rumores.) es así.

El señor PRESIDENTE: Señorías, silencio. (Rumores.)

El señor BOFILL ABELLÓ: Es así. Mi tono es apasionado, no quería ser agresivo. Yo sé que muchos de ustedes y muchos de sus votantes comparten lo que digo y también sé que hay muchos votantes que nos votan a nosotros que quizás sean aficionados a los toros. Este es un tema transversal y complejo. (Rumores.)
El señor PRESIDENTE: Silencio, señorías.

El señor BOFILL ABELLÓ: Ya Cadalso y Jovellanos condenaban las corridas por crueles e inhumanas. Por desgracia, la Ilustración y la democracia no triunfaron aquí.

Ustedes quieren formar un frente con las federaciones de países de América donde las corridas son legales. ¿Se han fijado que son los países con un mayor grado de violencia y muerte cotidiana? Aún así, también allí hay ciudadanos que quieren proteger a los animales. Yo prefiero mirar hacia Chile que, con la lengua catalana, es la patria de mi infancia. Allí, en 1823 el Gobierno de Bernardo O’Higgins abolió a la vez la esclavitud, las corridas de toros y las peleas de gallos como prácticas brutales e intolerables.

La legislación se ha ido modificando en la medida en que han cambiado las costumbres, el conocimiento y la sensibilidad hacia los animales.

En Inglaterra, uno de los países más avanzados en la materia, tuvo que pasar más de siglo y medio desde la aprobación de la primera ley de protección de los animales hasta la abolición de la caza tradicional del zorro.

No hemos sido nosotros quienes hemos traído el tema hoy a esta Cámara porque consideramos que es complejo -ya lo he dicho- y que el cambio será progresivo, pero en un momento habrá que hacerlo. No hay puntos intermedios: se mata al toro o no.

En Cataluña, el desapego a las citadas corridas es evidente. Hay un consenso muy amplio a favor de una mayor protección de los animales. Una iniciativa legislativa popular -ya se lo han dicho- con firmas de ciudadanos, no planteada por ningún partido, se abrió camino y se aprobó con matices. Yo preferiría que dentro de esos matices no se permitiera ningún acto en el que se maltratara a los animales, y en los que se les maltrate, al menos que no se les mate. (Rumores.)
No nos quieran venir a dictar ahora lo que somos ni lo que debemos hacer. Tampoco lo haremos nosotros. Es cierto que la corrida en algunas partes del Estado tiene un cierto enraizamiento. Que no llegue en cualquier caso más allá del 12% de la población en algún territorio.

No seremos nosotros los que les digamos lo que deben hacer, sino que serán los propios ciudadanos de sus comunidades, son ellos los que tienen que opinar y donde se forma la opinión a favor o en contra. No es un tema que debamos nosotros decidirlo aquí, lo deben decidir allí y lo deben decidir los ciudadanos, y si quieren, llévenlo a referéndum, ¿por qué no?, es un debate importante. Ustedes, cuando la iniciativa popular trajo el tema a Cataluña, dijeron: Ahora hablan de esto en plena crisis. Evidentemente, la crisis es más importante, para mí es más importante. Ahora, existe un problema ético, un problema de fondo, que es también muy importante para muchas personas -para muchas-, y nadie debería ignorarlo.

No seremos nosotros los que digamos por dónde hay que ir, serán los ciudadanos, y estoy seguro que se darán nuevos pasos en la senda de menos violencia y más cultura porque deseamos que avance Europa y el mundo. Por favor, abandonen la idea de llevar el tema a la Unesco.

El señor PRESIDENTE: Señoría, le ruego que termine.

El señor BOFILL ABELLÓ: Porque al señor Van-Halen y a la señora Vindel le parecerían pintorescas y ridículas ciertas cosas como que se hablaran las lenguas aquí, lo que a mí me parece moderno y fantástico, y que es lo que se hace en Europa.

El señor PRESIDENTE: Señoría.

El señor BOFILL ABELLÓ: En cambio, a mí lo que me parece pintoresco y de un enorme ridículo…

El señor PRESIDENTE: Señoría, termine.

El señor BOFILL ABELLÓ: … es llevarlo a la Unesco.

Gracias.

El señor PRESIDENTE: Gracias, senador Bofill.

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